Una ciudad puede ser accesible para una silla de ruedas y, sin embargo, resultar difícil de recorrer para una persona autista. El problema puede estar en el ruido del tránsito, las luces intensas, una señalización confusa, una plaza sin espacios de calma o un edificio público imposible de comprender a simple vista. Repensar esos lugares para que sean más previsibles, sensibles y amigables es el desafío que plantean las llamadas “ciudades azules”.
Ciudades azules: Cómo repensar Santa Fe para que sea más accesible a las personas con autismo
La propuesta parte de ampliar la idea tradicional de accesibilidad. No alcanza con eliminar barreras físicas: también es necesario considerar cómo las personas perciben, procesan y experimentan los espacios urbanos. Para quienes tienen autismo, determinados sonidos, olores, luces, multitudes o estímulos visuales pueden provocar una sobrecarga sensorial y convertir una actividad cotidiana en una experiencia agotadora.
“¿Qué podemos hacer nosotros para que se integren más fácilmente a la vida cotidiana de todos?”, se preguntó el arquitecto y urbanista Álvaro García Resta, uno de los autores de Ciudades azules, accesibles, sensibles y empáticas. La pregunta, sostuvo, implica dejar de exigir a las personas neurodivergentes “otro esfuerzo más para formar parte de lo que para nosotros es lo común, lo tradicional, lo de todos los días”.
La idea no es construir una ciudad exclusiva para personas con autismo. Por el contrario, el planteo busca que las modificaciones realizadas desde la neurodiversidad mejoren la experiencia urbana del conjunto de la población.
“En esa búsqueda encontramos miles de cosas posibles, porque hay tantas posibilidades como personas. La neurodiversidad, en algún punto, nos agarra a todos”, señaló García Resta. Y resumió el principio que atraviesa la propuesta: “Si pensamos ciudades más amigables para ellos, para nosotros también son más amigables”.
Una Santa Fe que se pueda comprender y recorrer
Llevada al territorio santafesino, esa mirada implica revisar desde una plaza hasta un edificio público. En los espacios verdes, por ejemplo, se pueden incorporar zonas de calma, alejadas de los sectores de mayor actividad y ruido. Los juegos infantiles pueden ubicarse de manera que no interfieran con áreas destinadas al descanso y pueden elegirse materiales y vegetación que reduzcan estímulos sonoros, visuales u olfativos excesivos.
En las calles y veredas, el objetivo es que los recorridos puedan “leerse”: mobiliario ordenado, circulación sin obstáculos inesperados, señalización clara y pavimentos continuos pueden facilitar la orientación. La sombra y los lugares de pausa también pueden funcionar como refugios durante los recorridos, especialmente en una ciudad donde las altas temperaturas forman parte de la vida cotidiana.
La misma lógica puede trasladarse a hospitales, oficinas públicas, terminales y otros edificios de uso masivo. Pictogramas, códigos visuales, líneas que indiquen recorridos y sistemas de señalización que no dependan exclusivamente de la lectura pueden hacer más comprensible un espacio. Una iluminación regulable y soluciones acústicas que reduzcan el eco y el ruido también pueden disminuir la sobrecarga.
Para García Resta, el primer recurso que necesitan los gobiernos locales para avanzar en esa dirección no es necesariamente una gran inversión, sino una disposición distinta frente al diseño urbano.
“La primera es la empatía, la capacidad de ponerse en el lugar del otro”, afirmó. Y explicó que pensar desde la neurodiversidad supone un esfuerzo adicional: “Es voluntad de querer pensar un patio de juegos para niños neurotípicos de 10 o 12 años que salieron del colegio, que es lo típico, no hay que enojarse con eso, sino para aquellos que más les cuesta”.
La clave, agregó, es comprender que diseñar de otra manera no significa hacer algo especial para un grupo determinado. “No es hacerlo distinto, es hacer lo mejor. No es hacerlo especial para, sino que es hacer lo mejor para todos”.
Diseñar lugares que inviten a quedarse
La accesibilidad sensorial también puede pensarse como una herramienta para recuperar algo que las ciudades parecen haber perdido: la posibilidad de permanecer y encontrarse con otros.
García Resta contó que buena parte de los proyectos que realizó en Buenos Aires estuvieron vinculados con “resignificar lugares para ser más amigables con la experiencia de la gente”. La lógica es sencilla: un espacio en el que las personas se sienten bien favorece que permanezcan allí; y permanecer genera posibilidades de encuentro y socialización.
El ruido es un ejemplo. Una música demasiado intensa, una sucesión de estímulos o un ambiente difícil de procesar pueden provocar que una persona quiera irse aun cuando no sea plenamente consciente de la razón. “Tenemos que hacer mejores lugares para tener mejores relaciones”, sostuvo.
En ese sentido, las ciudades enfrentan también el desafío de combatir nuevas formas de aislamiento. “La amenaza, entre comillas, de nuestro tiempo son las segregaciones: meternos para dentro con nuestro celular”, planteó. Y consideró que esa tendencia puede afectar de manera todavía más fuerte a quienes encuentran mayores dificultades para relacionarse y socializar.