Deuda en dólares, deuda en pesos: es el gasto, estúpido

Economía 30 de agosto de 2021 Por Enrique Szewach - Infobae
Jeffrey Archer, el gran escritor británico, dice por ahí que “la única diferencia entre un lord y un pirata es con quién reparten el botín”. No sé por qué recordé ese comentario, en medio de la discusión de la semana en torno a qué gobierno colocó más deuda pública y en qué moneda. Tanto lores como piratas (usted elija quién es quién) en el caso de la deuda, en lugar de repartir el botín, se encargaron de decidir a quién cargarle la cuenta del gasto público no cubierto con la recaudación impositiva formal.
Fernandez - Macri

Casi es una perogrullada, pero, en general, sin déficit no hay endeudamiento. Y digo, en general, porque si los recursos obtenidos con deuda se utilizan para desarrollar una obra pública necesaria, cuyos eventuales beneficios se extienden por más de una generación, no sólo es bueno que el Estado se endeude, también es lo más aconsejable respecto de la distribución intertemporal del ingreso. No sería razonable que el pago de la obra en cuestión recayera (a través del cobro de impuestos) en una sola generación. En cambio, si la deuda está bien diseñada, es una alternativa para que cada generación se haga cargo de su parte en la amortización del préstamo.

Pero vuelvo. En general, la deuda pública argentina, lejos de financiar inversión, financia gasto corriente. De manera que la verdadera discusión en la Argentina es el gasto público consolidado que creció más de 25% del PBI en 12 años, hasta tornarse impagable y el origen de todo el desorden macroeconómico con el que convivimos.

Pero claro, “abrir la cabeza”, como diría el presidente Fernández, y debatir, entre las fuerzas políticas en campaña sobre cómo volver, gradualmente, a un nivel cuantitativo y cualitativo del gasto público que permita el crecimiento del país y el progreso de sus ciudadanos y ciudadanas, sería demasiado pedir (arriesgo, en su favor, que quizás no “abren la cabeza” por temor a descubrir lo que hay adentro).

Lo cierto es que, incapacitados desde hace años de plantear el problema de fondo, perdemos el tiempo en discutir estupideces. Como le decía más arriba, cada gobierno ha elegido quién paga la factura de la cuenta del Estado.

Y elegido hasta por ahí nomás, porque los que no se endeudaron en dólares, en muchos casos, no lo hicieron por elección, si no porque ya nadie les prestaba en esa moneda.

Pero la forma de endeudarse no es neutral respecto de quién paga la cuenta.

El endeudamiento en dólares para financiar déficits crecientes, a la larga o a la corta, termina en default. Podría decirse, entonces, desde un enfoque cínicamente redistributivo, y contra intuitivamente, que endeudarse en dólares es “progre”, porque quienes compran voluntariamente deuda argentina en dólares, o son extranjeros, o son argentinos con capacidad de ahorro en dólares. En cambio, colocar deuda en pesos para financiar déficits crecientes termina en muy alta inflación, o hasta en hiperinflación. En el mismo sentido, quienes colocan deuda en pesos terminan perjudicando a los pobres, con ingresos en pesos que se licúan.

Espero que el amable e inteligente lector y la amable e inteligente lectora, se hayan dado cuenta que el razonamiento anterior intenta reforzar lo absurdo de la discusión de la semana.

Mientras haya déficit habrá que colocar deuda. Para ser más preciso, mientras el gasto público tenga el nivel que tiene hoy, no hay forma de no tener déficit. Porque para evitarlo el mix carga impositiva, impuesto inflacionario necesario es tan grande, que se hace social y económicamente insostenible. Es por eso, que cada gobierno trata de endeudarse para cubrir el déficit, porque cuando intenta cubrirlo “genuinamente” pierde las elecciones, porque la presión tributaria estanca a la economía privada, y la inflación licúa los ingresos de los sectores de menos recursos.

El endeudamiento es, en este sentido, la manera que encontró la política de no enfrentar el conflicto de reformar el gasto.

Y la estructura de la deuda, la moneda en que se denomina, las tasas que se pagan, los plazos y las condiciones dependen de cada momento, del monto a financiar, de la liquidez global, y de la credibilidad y reputación del gobierno de turno. El gobierno kirchnerista en medio del default, no tuvo acceso al crédito internacional voluntario, (salvo el negociado con Chávez) de manera que, mientras pudo, mantuvo el superávit fiscal “heredado” de la licuación del 2002, y de los buenos precios internacionales, y cuando se agotó esta herencia, y el mundo cambió, financió el creciente déficit fiscal manoteando la Caja de los Fondos de Pensión, cobrando un impuesto inflacionario de más del 20% anual, disfrazado con las trampas del INDEC y colocando “vales de caja” en el Banco Central para vaciar sus reservas y dejarlas negativas en más de 3.000 millones de dólares al momento de entregar el gobierno.

Realmente, un endeudamiento muy “regre”, inflación, expropiación, y vaciamiento. El gobierno del Presidente Macri, salió del default heredado (colocando deuda que debió haber colocado su antecesora) y con el mercado en dólares abierto, buenas expectativas, y buena narrativa, pudo cubrir el déficit con deuda voluntaria en dólares y recomponer reservas, aunque al costo de colocar deuda en pesos en el Banco Central. Eso le permitió moderar, transitoriamente, el impuesto inflacionario y hacer un endeudamiento relativamente “progre” para financiar el déficit (esquema que le permitió ganar las elecciones de medio término del 2017).

Sin reformas de fondo, cortado el crédito internacional voluntario en el 2018, más la sequía, vino el endeudamiento con el Fondo, el nuevo régimen cambiario, y la licuación del gasto público, por el salto en la tasa de inflación. En otras palabras, el endeudamiento, aun siendo “progre”, sin reformas, terminó en un ajuste “regre” y en derrota electoral.

Lo que pasó desde el 2019 ya lo sabe, sobre un gasto público infinanciable, cayó la pandemia y le agregó un 3% del PBI, todo financiado por el Banco Central, que volvió a tener reservas negativas hacia fines del año pasado. El impuesto inflacionario resultante se hizo insostenible, al punto que debió recurrirse a nuevos impuestos. Por suerte, el aumento del precio de la soja permitió frenar el descontrol nominal hacia el que viajábamos sin escalas, pero no se pudo evitar un nuevo ajuste “regre”, con licuación de salarios, jubilaciones, y subsidios sociales, y un impuesto inflacionario “estabilizado” en la franja del 3-4% mensual. En estos meses, en busca de votos, el Gobierno está intentando revertir, al menos parcialmente, este ajuste regre, generando distorsiones con las que habrá que lidiar, después de las elecciones.

En síntesis, mientras no discutamos el verdadero problema de la Argentina de hoy, un tamaño del sector público infinanciable e improductivo, hagamos un presupuesto base cero y rearmemos el sistema impositivo, no hay solución. Dicho sea de paso, el Estado estuvo prácticamente cerrado en muchas dependencias, más de un año y medio, y ni se notó.

Con este nivel de gasto, habrá déficit, y con déficit, lores y piratas tendrán que recurrir a endeudamiento y finalmente realizar ajustes “regre”.

Lo demás, diría el tango, es puro cuento.

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