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El nuevo Aeropuerto de Rosario: Una obra que prometió más de lo que entregó

El aeropuerto mejoró respecto a lo que había pero eso no lo convierte automáticamente en uno de los mejores de la región. La modernización no logra dar el salto necesario ni desde lo operativo ni desde la experiencia del pasajero, y queda lejos de lo que debería haber sido una apuesta clara de futuro.

Recorrí el aeropuerto para ver de primera mano cómo quedó la obra y qué cambió realmente en la experiencia del pasajero. La idea no es hacer un análisis técnico ni político, sino contar cómo se vive hoy el aeropuerto desde el lado del pasajero, tanto para el que viaja como para el que acompaña.

La llegada: el principal acierto de toda la obra

Lo más destacable, y hay que decirlo sin vueltas, es la unión de los dos edificios mediante el nuevo techo. Ese elemento es, probablemente, la mejor mejora de todo el proyecto.

El techo unifica el conjunto, le da amplitud visual al frente del aeropuerto y resuelve algo muy concreto: protege al pasajero. Tanto al que baja de un colectivo como al que llega en taxi o remis, e incluso a quienes van a buscar o despedir a alguien.

Es una mejora simple, visible y funcional. Se percibe y se agradece. Y no solo beneficia al que viaja, sino también al que no.

Ingreso y hall central: sensación de continuidad total

Una vez que se cruza la puerta de entrada y se ingresa al hall principal, la sensación cambia.
El aeropuerto que aparece es, en esencia, el mismo de siempre.

 

La sala de check-in es igual a la que conocíamos, el primer piso histórico no presenta cambios visibles y la circulación general mantiene la misma lógica que antes de las obras. No hay una percepción clara de estar entrando a un aeropuerto nuevo.

Puertas adentro, la transformación prácticamente no se siente.

Embarques nacionales e internacionales: sin cambios perceptibles

Tanto los embarques nacionales como los internacionales funcionan de la misma manera que en visitas anteriores.
No se perciben mejoras relevantes ni en diseño ni en experiencia.

En el caso de los vuelos nacionales, el área de partidas y arribos no cambió en nada respecto a mi última visita. Para el pasajero doméstico, la obra prácticamente no existe.

El único diferencial incorporado es que la llegada de vuelos internacionales se extendió hacia el sector nuevo del edificio. En esta ocasión, como solo tomé un vuelo nacional, no pude recorrer esa parte inaugurada.

Aun así, lo que se percibe desde el recorrido general es muy pobre en relación con la expectativa generada desde el exterior.

Aclaración necesaria: mejoras reales para vuelos internacionales, pero limitadas

Es justo aclarar que la experiencia del pasajero internacional sí tuvo mejoras en algunos puntos concretos.
Según los planos que se difundieron, se amplió el hall de espera internacional, se mejoraron los arribos, especialmente en migraciones y aduana, y se conectó uno de los elementos más esperados: las mangas.

Sin embargo, lo que hoy se ve y se usa sigue siendo limitado. La mejora existe, pero no alcanza a cambiar la percepción general del aeropuerto ni a justificar la imagen exterior de gran obra terminada.

Las mangas: buena idea, mala ejecución

La incorporación de mangas suele asociarse automáticamente a una mejor experiencia. En este caso, sumar dos mangas ayuda, pero la forma en que se resolvió su integración deja una sensación pobre y mal lograda.

La manga sola no logra compensar una experiencia interior débil, fragmentada y poco coherente con la escala del edificio que se muestra desde afuera.

Expectativa vs realidad: el núcleo de la crítica

Desde el exterior, el aeropuerto muestra un edificio grande, nuevo y ambicioso. Pero al acercarse y entrar, queda claro que solo una parte, aproximadamente un tercio, del volumen visible está realmente operativa. Dejo unas fotos para entender esta situacion:

El pasajero percibe de inmediato sectores cerrados, espacios que no se utilizan y que todavía se sigue trabajando dentro del edificio.
El contraste es evidente: la imagen exterior promete mucho más de lo que la experiencia interior entrega.

Tiempo de obra y downgrades: un contexto que agrava la sensación

Este punto no se puede analizar sin contexto.
Esta obra lleva muchos años y no corresponde a un proyecto de gran escala ni a un aeropuerto nuevo desde cero. Es una ampliación acotada, realizada por etapas, sobre una infraestructura existente.

Durante ese tiempo, además, el aeropuerto atravesó downgrades operativos y retrocesos en conectividad. Por eso, después de tantos años, que la transformación percibida por el pasajero sea tan limitada deja una sensación difícil de justificar.

La pista: una mejora clave, aunque menos visible

Más allá del edificio, hay un elemento central sin el cual ningún aeropuerto puede operar: la pista.

El aeropuerto se cerró justamente para mejorar la pista, y eso es una mejora clave. Hubo discusión sobre si se trataba de una pista nueva o no, pero la realidad es más simple: no es una pista nueva, pero sí es una pista funcional.

Desde el punto de vista operativo:

  • Permite sostener la operación actual.
  • Habilita seguir sumando vuelos.
  • Acompaña un crecimiento gradual, que hoy todavía es moderado.

Es una mejora silenciosa, poco visible para el pasajero, pero fundamental para cualquier crecimiento futuro.

Balance final: lo bueno y lo que deja sabor amargo

Lo bueno

  • El techo de ingreso y la unión de los edificios, una mejora concreta que sirve mucho al pasajero.
  • La repavimentación y mejora de la pista, clave para la operación.
  • Ambos puntos tienen algo en común: habilitan uso real.

Lo que deja sabor amargo

  • La forma en que se resolvió la nueva terminal y su integración con las mangas.
  • No haber podido inaugurar el edificio completo. Y lo que se inauguro no cumple con las expectativas.
  • El contraste entre una obra que desde afuera parece grande y una experiencia interior que sigue siendo prácticamente la misma de siempre.

El mensaje clave: ahora hacen falta vuelos

Con esta nueva estructura, aunque esté parcialmente operativa, el aeropuerto entra en una etapa distinta.
A partir de ahora, el foco no debería estar en más obras, sino en conseguir vuelos.

 

El crecimiento real del aeropuerto va a venir por:

  • aumentar la cantidad de pasajeros,
  • consolidar rutas,
  • y generar demanda suficiente para justificar la apertura de los sectores del edificio que hoy no se usan.

Si los vuelos llegan y el tráfico crece, el resto del nuevo edificio se terminará inaugurando de manera natural.
Si no, cualquier ampliación adicional corre el riesgo de convertirse en metros cuadrados vacíos.

Ahí está el verdadero desafío del Aeropuerto de Rosario: menos promesa edilicia y más conectividad real.

Vale también una aclaración frente a algunos títulos que se leyeron en la prensa, donde se afirma que el aeropuerto de Rosario ahora está a la altura de los mejores de la región.
Seamos honestos: no es así.

Se invirtió mucho dinero en esta obra y eso obliga a ser rigurosos con el balance. No es que no haya habido inversión o mejoras puntuales, sino que el resultado final no acompaña ni la magnitud de los recursos utilizados ni la ambición que se intentó transmitir.

Lamentablemente, se desaprovechó una oportunidad muy grande para posicionar a Rosario como un aeropuerto verdaderamente competitivo a nivel regional. La obra mejora lo existente, pero no logra dar el salto necesario ni desde lo operativo ni desde la experiencia del pasajero, y queda lejos de lo que debería haber sido una apuesta clara de futuro.

El aeropuerto mejoró respecto a lo que había, pero eso no lo convierte automáticamente en uno de los mejores de la región. La distancia sigue siendo grande, y reconocerlo no es criticar por criticar, sino entender dónde estamos parados para poder mejorar de verdad.

FUENTE: fbonifacio - rosariovuela.net

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