Acerca del odio, la envidia y la estigmatización

Sociedad 02 de enero de 2021 Por Héctor Ponce - Atilra
No es extraño que en un país como el nuestro, marcado por profundas diferencias sociales e ideológicas, germinen semillas de violencia y agresividad entre sus habitantes.
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En el elenco de este tipo de pieza teatral confluyen como principales actores dos figuras que sobresalen: el odio y la envidia, que muchas veces son el producto de las estigmatizaciones creadas por sectores interesados en que esto ocurra.

Como consecuencia de la conjunción de estos elementos, el odio y la envidia, la gente suele sacar hacia afuera lo peor de sí, a veces con cierto disimulo y otras veces no tanto.

Voy a referirme a algunas experiencias personales vividas para mostrar algunos ejemplos concretos.

Primer caso

Producto de los mandatos que se habían ido sucediendo en razón de la voluntad de las y los afiliados, que con su voto nos fueron renovando la confianza, quien esto escribe y muchos de mis pares de comisión directiva llevábamos unos cuantos años al frente del sindicato.

Que las y los compañeros nos eligiesen siempre nos llenó de orgullo, alegría y satisfacción, algo que paradójicamente contrasta, y cómo, con el indisimulable odio que tal circunstancia genera en otra gente. No estoy emitiendo juicio de valor sobre si habría que modificar o no el sistema de reelección en las organizaciones sindicales, tema del que tengo opinión formada. Simplemente enmarco los hechos dentro del actual cuadro legal existente.

Recuerdo, por ejemplo, el odio que me demostraba ese empleado robusto y morocho de exageradas aspiraciones de crecimiento laboral al atenderme en la sala de recepción de la empresa cuando yo debía pasar previamente por ese lugar antes de mantener una reunión con la dirección de la compañía.

Cierta vez que llegué a la recepción, luego de mi tercera reelección consecutiva como secretario general, el tipo no aguantó más, se puso «la gorra» y me dijo sin rodeos:

-Vos Ponce, ¿pensás perpetuarte en el cargo?

A pesar de que en mi pueblo todos me identifican por mi sobrenombre, él prefirió llamarme por mi apellido, como para evitar cualquier contacto fraterno.

Quizás por mi origen norteño, sin inmutarme procedí a contestarle:

-Mirá, mientras los afiliados me elijan, sí, voy a continuar. A mí me gusta lo que hago, me preparé para esto. Además, modestamente, pienso que no lo hago del todo mal, e incluso gano bien, así que ¿por qué habría de dar un paso al costado?

Y me fui.

Lo dejé rumiando odio y destilando veneno, y por más que le hubiese contado que Angela Merkel en 2020 cumplió quince años ininterrumpidos como canciller de Alemania, estoy seguro de que no me hubiese escuchado y mucho menos creído.

No resulta prudente debatir con alguien que tiene la capacidad de odiar, porque el que odia no razona.

Mi padre Luisito sabía decir que discutir con esta clase de gente es como querer hacer callar un cerdo a palos.

Segundo caso

En aquella época, para tratar los distintos problemas inherentes a mi función yo tenía el hábito de reunirme con los directivos de la empresa los lunes por la mañana, bien temprano. Así es que cubría el trayecto desde la sede del sindicato a la cooperativa a pie, ya que eran solo unas doce cuadras las que tenía que desandar.

Hacía siempre el mismo trayecto por lo que inevitablemente cada lunes me cruzaba con aquella mujer, la que escoba en las manos me observaba, como con la agenda bajo el brazo, pasar por la vereda de su casa.

Por supuesto que yo la conocía y sabía del bien ganado sobrenombre de conventillera que por su lengua viperina se había ganado en el barrio.

Cuando me veía venir dejaba de barrer, se apoyaba en la escoba y me miraba hasta que yo pasaba a su lado, momento en el que con indisimulable inquina me saludaba. Recuerdo que por entonces por mi cabeza pasaban muchas cosas, algunas muy locas, llegué incluso a imaginar que en cualquier momento aquella mujer podía llegar a levantar vuelo con esa escoba. ¡Mire usted lo que llegué a fantasear!

Yo podía percibir los alfileres que se clavaban en mi espalda cuando dejaba atrás el lugar, hasta que un día se dio lo que estaba cantado que se tenía que dar.

Uno de esos lunes, mientas pasaba por el lugar, a ella «se le salió la cadena» y le brotó esa hiel que venía acumulando y que le corroía las vísceras. Sin anestesia me dijo:

-Usted Ponce, ¿nunca va a trabajar?

Me detuve y la observé con serenidad. Por suerte no me perturbó aquella mirada en la que creí encontrar vestigios de otra mirada, la del mismísimo Drácula, es más, recuerdo que instintivamente direccioné mi vista hacia la escoba y no pude evitar la comparación, el analogismo. Inmediatamente recordé que Bram Stoker basó parte de su novela El Conde Drácula tomando algunos aspectos de la vida de Vlad III, príncipe de Valaquia, famoso por su crueldad caracterizada por el empalamiento a que sometía a sus enemigos capturados.

Un frío sudor bajó por mi espina dorsal al imaginarme empalado en la Plaza Libertad frente al Palacio Municipal de la ciudad.

Luego de sobreponerme al estado de shock emocional que me provocó la inevitable comparación entre aquella escoba y la leyenda de Vlad el Empalador, le digo a esta buena fémina en respuesta a su pregunta:

-¿Sabe lo que pasa, doña? Existen distintos tipos de trabajos. Están aquellas labores que se realizan apelando al intelecto y a la creatividad y están aquellas otras que desarrollan quienes no han cultivado su intelecto. Por ejemplo, lo que usted está haciendo ahora.

Y me alejé sin acusar los insultos que entre dientes no dejaba de proferirme.

Por supuesto que para nada era una definición que me representara. Sé muy bien que todos los trabajos y quienes las y los ejercen son dignos e importantes, desde quién barre o cocina para terceros como lo hacía mi madre, como aquel que desarrolla tareas apelando al conocimiento o desarrollo intelectual. Pero tuve que decirle tal cosa para ponerla en su lugar.

El problema no suele ser la ignorancia en sí misma, que si se la reconoce es una valla que puede salvarse. El problema es que generalmente dentro de un ignorante suele habitar un necio. Y esa calidad de estulto es la que no le permite que se modifique la otra condición.

Por eso digo que la peor sociedad es la que conjuga intereses entre dos socios conocidos: la ignorancia y la necedad, porque desde ahí surge el odio. Estos tres jinetes apocalípticos suelen cabalgar a grupas de la estigmatización.

A propósito de la estigmatización. Una noche compartía una cena de camaradería en la que me habían colocado presumiblemente en un sector destinado a las autoridades.

En esa mesa en la que había representantes de empresas privadas, también estaba sentada una mujer que trabajaba en una compañía de la ciudad de Sunchales. De los comensales a la mesa ella era la única persona que yo conocía, y solo de vista.

Luego de la copa de bienvenida y otras que posteriormente fue llevando a su paladar, acusando acaso falta de cultura alcohólica, aquella mujer comenzó a hablar.

Ante la incomodidad de los presentes y sin disimulo me agredía verbalmente emitiendo críticas constantes a lo que nosotros en materia de servicios veníamos poniendo en marcha desde el sindicato. A todo le encontraba solo defectos, no nos reconocía nada positivo.

Por supuesto que yo no entraba en eso de discutir o rebatir la opinión de terceros, mucho menos en una cena donde se entiende que uno concurre para distenderse y disfrutar de la misma.

Mientras discurría la velada en un momento le preguntó a uno de los señores de la mesa, quien era dueño de una empresa con sede en Buenos Aires:

-¿Cuántos empleados tiene en su compañía?

-En la actualidad contamos con un plantel estable de trescientas quince personas y alrededor de treinta y cinco que lo hacen part time -le contestó el señor.

-¡Qué bueno! -le dijo ella, y mirándome con una manifiesta combinación de sorna, malicia y mal gusto, me apuntó y disparó-: Es probable que vos en el sindicato ganés más que el gerente de ellos, ¡ja!

Aunque de ningún modo lo que estaba diciendo se condecía con la realidad, guardé un respetuoso silencio atento a la deferencia del trato que me dispensaban el resto de quienes compartían el lugar.

En medio de la incomodidad del momento el dueño de esa empresa, a quién por otras circunstancias de la vida luego tuve la oportunidad de conocer un poco más, respetuosamente y para romper el incómodo momento, me dijo:

-Perdón, pero además de representar los intereses de los trabajadores de la industria lechera y atender los aspectos sanitarios de ellos a través de la obra social, entiendo que también deben tener unos cuantos empleados dentro de su organización, ¿verdad?

-Sí, atento a los distintos servicios que desde la organización prestamos contamos con una importante cantidad de empleados -contesté.

-¿De qué cantidad más o menos estaríamos hablando? ?amablemente, el hombre volvió a inquirirme.

-Tenemos poco más de mil quinientos empleados a los que llamamos colaboradores.

-Pucha, no calculaba que eran tantos. La verdad es que son también una importante fuente laboral ¡Son la suma de unas cuantas pymes! Por la variedad de servicios que poseen deben tener un universo bastante heterogéneo de empleados? me manifestó.

-La verdad que sí. Tal vez me olvide de alguna especialidad pero tenemos en nuestras filas administrativas y administrativos, enfermeras y enfermeros, médicos, farmacéuticos y farmacéuticas, odontólogos y odontólogas, docentes, bioquímicos y bioquímicas, oftalmólogos y oftalmólogas, radioterapeutas, especialistas en diagnóstico por imágenes, contadores y contadoras, bioingenieros, físicos y físicas nucleares, licenciados y licenciadas, analistas de sistema, arquitectos y arquitectas, abogadas y abogados y seguramente algunas otras especialidades, las que en este momento se me deben estar pasando por alto.

-¿Sabe por qué se lo pregunté? -me dijo el hombre-. Porque estoy seguro que mucha gente no sabe esto. Mire, le cuento una cosa. Yo tengo un familiar al que desde Buenos Aires derivaron para ser irradiado en el centro oncológico que ustedes tienen en Sunchales, porque nos manifestaron que el equipo era único en el país y que incluso no abundaban a nivel mundial. Y la verdad es que quedamos profundamente impresionados y admirados de lo que vimos y agradecidos por el tratamiento médico y humano recibido. Ahora que lo conozco personalmente se lo agradezco en nombre de la familia.

Calló un instante, y luego, mirándola a la mujer que había pretendido mortificarme con sus palabras, le dijo, siempre con sumo respeto:

-¿Por qué piensa usted que él tendría que ganar menos que otra persona con similar responsabilidad sólo por el hecho de no trabajar en una empresa privada?

-¡Ja!, era solo una broma -le respondió la mujer e inmediatamente cambió de conversación.

Alguna conclusión

Yo sé muy bien que no fue una broma. Ella representa el sentimiento de muchas personas que hacen del odio el nutriente de sus vidas. Pero también sé que son posturas acicateadas por medios y vectores económicos y financieros que estigmatizan porque ellos sí son ni improvisados ni inocentes: tienen verdaderos intereses en juego.

Ante las agresiones no se debe reaccionar. El odio necesita la existencia de un enemigo, y si no lo encuentra buscará crearlo. Mi experiencia me dice que uno no debe convertirse en la materia prima que lo alimenta. Hay que dejarlo pasar, no cruzarse en su camino. El odio es una enfermedad endémica del alma, un jamelgo azuzado por las afiladas y oscuras espuelas de Leviatán.

El antídoto para este tipo de males es el amor. El amor cura, restaña heridas. Es un sentimiento tan grande que siempre lucirá incómodo en hombres y mujeres de corazones pequeños.

Definitivamente ese es el camino, hay que ir por ahí: permitir que el amor nos tome de la mano y dejarnos llevar, él sabe muy bien adónde.

Etín Ponce

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